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viernes, 11 de febrero de 2011

Escuela de alfabetización con flores y poesía en Brasil


Una experiencia piloto se convierte en modelo de educación ecológica
Juan Arias.El Pais - Río de Janeiro

La escuela municipal Hermann Müller, situada en un área rural de Joinville, en el Estado brasileño de Santa Catarina, se ha convertido en modelo de educación ecológica, con una experiencia piloto para alfabetizar a través de la naturaleza.
En el centro se utilizan métodos revolucionarios que nadie se atreve a criticar, porque los alumnos obtienen altas puntuaciones en los índices de comprensión de lectura y escritura.
La joven directora de la escuela, Silvane Aparecida da Silva, ha sabido conjugar con éxito educación infantil y medio ambiente con un método para alfabetizar a los niños, de procedencia campesina, con flores y poesía.
En un jardín plantado y cultivado por los alumnos bajo la dirección profesional de expertos jardineros, cada letra corresponde a una flor. Y en cada macizo de flores, los profesores cuelgan una poesía.
Este Jardín Encantado está construido con materiales procedentes de demoliciones. El alfabeto de las flores es un camino de piedra que desemboca en una miniatura de la casa de Monet.
Los niños aprenden matemáticas con la construcción de una zona para cultivar orquídeas, que devuelven a la naturaleza cuando llegan a su estado adulto. También cultivan flores y cuidan de la huerta, cuyos frutos van directamente a la cocina de la escuela.
Cuando Aparecida ocupó el cargo de directora de la escuela rural, en 2003, el centro estaba desprestigiado, con apenas 20 alumnos desmotivados que no conseguían aprender a escribir ni su propio nombre. Hoy, la escuela está abarrotada y los alumnos estudian todas las asignaturas a través de la naturaleza, que aprenden a amar, respetar y disfrutar.
Este proyecto innovador, que ha recibido el apoyo de la Secretaría de Educación, tiene el objetivo, como ha confirmado la directora de la escuela a EL PAÍS, de alfabetizar "en un clima de educación ambiental, conduciendo a los alumnos a la observación, la contemplación y el respeto a la naturaleza, experimentando e interiorizando su preservación".
Para los profesores, la finalidad de esta escuela piloto es "promover proyectos y vivencias a través de un aprendizaje dirigido a la ecología, la cultura y la afectividad".
Transformación
Da Silva se emociona cuando cuenta la transformación de los niños pobres, llegados del campo, ante la unión de naturaleza y poesía. "Es increíble cómo los niños entienden la poesía y consiguen transformar sus vidas con ella. Mejor que los adultos. A ellos no les dan miedo las imágenes y metáforas más osadas. Cuando leen, por ejemplo, el verso "aquí plantaremos árboles y sombras": para ellos plantar también sombras es algo normal. Su fantasía trabaja mejor que la de los adultos, a quienes la poesía suele crearles miedo porque desbarata sus seguridades. A los niños, no. Ellos están siempre abiertos a la paradoja y a lo inesperado".
Una particularidad y genialidad de la escuela de Joinville es la complicidad de los alumnos con sus padres y familiares, gente del campo. Da Silva cuenta cómo los niños, con su amor por los pájaros como símbolos de libertad, consiguen convencer a sus padres de que abran las jaulas para dejar libres a los pájaros y de que abandonen la caza, entregando las escopetas y trampas a la escuela.
"Los niños, cuando entienden y aman el lugar en que nacen, al crecer se vuelven ciudadanos comprometidos con el lugar de sus raíces", afirman los maestros.
Entre jardines, huertas y pájaros en libertad, los alumnos reflejan una alegría difícil de advertir en las severas escuelas formales. Una experiencia digna de reflexión en la compleja búsqueda de nuevas formas de enseñar.

martes, 10 de noviembre de 2009

Brasileños. Buceadores en el mar de la felicidad



El hecho de haber ganado Río de Janeiro la celebración de los Juegos Olímpicos del 2016, dejando atrás ciudades de gran prestigio como Madrid, Chicago o Tokio, ha sido analizado ya por activa y por pasiva. Se ha dicho de todo. Que Suramérica se merecía ya unos Juegos. Y es cierto. Que Brasil es hoy la potencia económica emergente de la región. Y también es cierto, como lo es que buena parte de la victoria se debió a la enorme popularidad mundial del carismático ex metalúrgico y hoy presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Y con él a la acción del dios del fútbol, Pelé, y el mago carioca Paulo Coelho, que supo ganarse la simpatía de las mujeres de los delegados del COI a quienes invitó a cenar en un restaurante de Copenhague, en un clima de felicidad brasileña. ¿O habrán sido sólo las imágenes de las bellezas únicas de la mágica ciudad carioca? También, pero no sólo.
Existe otro elemento poco subrayado y es la innata vocación de Brasil y de los brasileños a la felicidad, que acaba irradiándose internacionalmente, contagiando al mundo.
Si se hubiese hecho un sondeo nacional habría aparecido que ese día el 100% de los brasileños se sintió feliz cuando el presidente del Comité Olímpico Internacional abrió el sobre y apareció Río de Janeiro como vencedor de la competición para celebrar los Juegos Olímpicos del 2016. Los brasileños, que gozan de una formidable cohesión nacional, están siempre abiertos a acoger cualquier motivo para ser felices. Y albergar los Juegos les ha producido orgullo y felicidad. Y no lo esconden, que es otra de las características del brasileño.
En mi primera entrevista a la actriz de cine y teatro Fernanda Montenegro cuando llegué a Brasil, hace ahora 10 años, me dijo algo que nunca he olvidado y que pude más tarde tocar con la mano: "La diferencia entre un europeo y un brasileño es que el brasileño no se avergüenza de decir que es feliz y el europeo, sí".
Cualquiera que pasa por Brasil, de turismo o de trabajo, se siente enseguida atrapado por la cordialidad, la exuberancia afectiva, la acogida alegre de sus gentes, del norte al sur del país. "Es que con los brasileños no se puede uno pelear porque te sonríen hasta cuando te enfadas", me decía un corresponsal argentino. Es verdad. La vocación del brasileño es más hacia la paz, la amistad, el entendimiento mutuo, el deseo de agradar que hacia la guerra o la pelea. Y, entonces, ¿qué ocurre con la violencia que mata en Brasil más que en otros países? No es una violencia brasileña, la produce el cáncer del tráfico de drogas.
La mejor arma del brasileño sigue siendo la sonrisa. Al catedrático de Estética de la Universidad de Río Isaías Latuf le preguntaron en plena calle en Buenos Aires si era brasileño. "¿Cómo lo ha notado?", preguntó. Y la respuesta fue: "Por su sonrisa".
Según un sondeo realizado en 2008 en 120 países por el Instituto Gallup World Poll, y presentado por la Fundación Getulio Vargas (FGV), la felicidad del brasileño es superior a su PIB. El joven brasileño aparece con una valoración de la felicidad superior a la media mundial. El estudio revela que los jóvenes brasileños de entre 15 y 29 años presentan mayor esperanza de ser felices los próximos cinco años que los jóvenes del resto del mundo. Y esa esperanza de felicidad alcanza un 9,29%.
Los psicólogos han intentado analizar estos datos. ¿Cómo es posible que los jóvenes de un país que aparece sólo en el puesto 52 en el índice mundial de la renta se sientan los más felices del planeta? El psicólogo Dionisio Benaszewski lo achaca a que, según la misma encuesta, los jóvenes brasileños valoran más la felicidad que el trabajo o el dinero. Si hay algo, en efecto, que he tocado con la mano en Brasil es que la mayoría de sus ciudadanos, hasta los más pobres, no viven para trabajar; trabajan para vivir y para vivir felices. Es casi imposible conseguir que alguien quiera trabajar, ni ganando el doble, en un domingo. Suelen decir: "Ah, no, domingo nâo da".
Según Benaszewski, existe otro elemento creador de felicidad en Brasil y es el que ofrecen las buenas relaciones existentes entre miembros de la familia y entre vecinos. Aquí la red de solidaridad, sobre todo entre los más pobres, es formidable. Un ejemplo de ello lo son las favelas pobres de Río, que entre ellas se llaman "comunidades". Y lo son. El elemento afecto en las relaciones y el afán por ayudarse mutuamente en las adversidades, o de disfrutar en los momentos felices, es proverbial.
Suele decirse que los brasileños saben sacar felicidad hasta de las piedras. La buscan en la alegría y en la tristeza. El día que Río ganó la celebración de los Juegos Olímpicos, una pareja joven de brasileños entrevistada en Madrid por un reportero del programa de Iñaki Gabilondo dijo algo más o menos así: "No estéis tristes. Venid a Río, que es una ciudad maravillosa, y os sentiréis felices". Pensé que, de haber sido al revés, si hubiese ganado Madrid y perdido Río, la joven también se habría consolado de alguna forma diciendo que estaba feliz en la maravillosa ciudad de Madrid.
Así son los brasileños. Son buceadores en el mar de la felicidad y, como no lo ocultan, acaban contagiando a los otros. Sin duda ese contagio también tuvo que ver a la hora de votar en Copenhague.Juan Arias.El Pais